La verdadera cura para el Covid es renovar nuestra relación fracturada con el planeta

Al igual que el turismo regenerativo, esta interesante reflexión nos permite cuestionar nuestra relación con la naturaleza y su correlación con el estado del planeta. Una interrogante llena de sentido en tiempo de crisis sanitaria.

Traducí este artículo del texto originalmente publicado en inglés con el titulo "The real cure for COVID is renewing our fractured relationship with the planet" con la permisión de sus autores. 

James Maskalyk es médico de emergencia, profesor asociado a la Facultad de medicina Universidad de Toronto y autor del libro por publicarse “Doctor: Heal Thyself” (Médico, cúrate a ti mismo). Dave Courchene es el fundador del Centro Internacional Turtle Lodge para la Educación y el Bienestar Indígena en Canadá y presidente del Consejo Nacional de Guardianes del Conocimiento.

Si la humanidad quiere prosperar, los próximos meses tienen que ser curativos, no sólo de las poblaciones y del coronavirus, sino de la Tierra en sí misma. Como ocurre con muchas zoonosis (enfermedades que provienen de los animales transmisibles directamente o indirectamente a los humanos), este virus surgió de la presión ejercida por los seres humanos sobre un ecosistema global. La falta de un hábitat sano debilita los sistemas inmunológicos de los animales exponiéndolos rápidamente a enfermedades. Aves, marmotas, puercos, murciélagos, con cada infección, una oportunidad por un virus de mutarse enfermando a los humanos y a sus medios de vida.

Un orangután lucha contra una excavadora para salvar su bosque en Indonesia

Una vacuna por sí sola, no importa lo eficiente que sea, no inclinará la balanza hacia la salud porque el COVID 19 no es una enfermedad, es un síntoma de un planeta agotado. La renovación de una sana relación con el planeta tierra es la curación. Es una buena noticia. No necesitamos esperar determinar como, porque ya tenemos la respuesta y ha sido conocida por miles de años. Está en la sabiduría y las enseñanzas sagradas de los pueblos indígenas alrededor del mundo. Tienen la conexión la más profunda con el espíritu de la tierra y su historia, y a partir de esta intimidad, la curación puede ocurrir. No es ninguna especulación o fantasía. Un estudio del 2019 de la Universidad de British Colombia, investigando la biodiversidad en Canadá, Australia y Brasil, encontraron más especies de aves, animales y anfibios en las tierras administradas por los pueblos indígenas, mucho más que en los parques nacionales. El mismo año, una colaboración involucrando a 50 países y más de 500 científicos, el Intergubernamental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES), concluyó que la actividad humana y la resultante falta de biodiversidad permitía la emergencia de cinco nuevas enfermedades cada año con el potencial de infectar a los humanos. Notaron que las tierras indígenas, aunque enfrentaban las mismas presiones, se estaban erosionando con menos rapidez. Aprovechando su conocimiento y expandiendo su gerencia fue citado como necesario por un mundo más sano.

Pueblos nativos trabajando sus tierras y preservando su entorno natural

Nadie creó los problemas que amenazan con abrumarnos desde la malicia. Ni las plagas, ni el cambio climático, ni las extinciones. Se han producido como efectos secundarios de un sistema cuyo rápido crecimiento se fomenta a todo costo y es ciego a los límites naturales. Hay una buena noticia, si la Tierra está tan viva como dicen los científicos climáticos y los pueblos indígenas, así como un cuerpo bien mantenido por una diversidad de células, profundamente conectadas, entonces el diagnóstico médico que se adapta mejor a nuestra enfermedad moderna no es una infección, sino la malignidad. Si no se atiende, amenaza con usar hasta la última gota de energía, no por necesidad, sino por apetito, hasta que solo quede él y una cáscara. Como concluyó el IPBES, debemos “desvincular la idea de una vida buena y significativa del consumo de material cada vez mayor”. Ésta debe ser la prioridad de nuestros líderes del Grupo de los 20, que se reunieron recientemente para hablar sobre la “recuperación”. La solución no se encontrará reprimiendo los síntomas para que podamos volver a la normalidad, sino avivando la llama de la vitalidad del mundo hermoso y más saludable, más allá de ellos que están en retirada.

El verano pasado, en Turtle Lodge en Manitoba, un centro Anishinaabe (nombre con la que se autodenominan los miembros de muchos pueblos algonquinos de América del Norte) sagrado de enseñanzas y bienestar tradicionales, guardianes del conocimiento indígena de todo el continente norteamericano se reunieron para hablar de los desafíos que afectan a sus comunidades y al mundo. Su principal preocupación era la desconexión de la gente de la tierra y sus lecciones. Ésta ruptura, como una ruptura en el sistema inmunológico del cuerpo, la enfermedad se ha deslizado. Adicción a opiáceos y alcohol, ansiedad y depresión.

Podemos aprender de la línea de investigación de algunos curanderos tradicionales, quienes, en lugar de preguntar primero a sus pacientes sobre su dolor, comienzan con una pregunta más directa: ¿Quién eres tú? Hemos olvidado quiénes somos. Hay un remedio que se encuentra en la declaración de reunión del Consejo Nacional de Guardianes del Conocimiento del Turtle Lodge, y que cuenta con el respaldo de los pueblos indígenas de los seis continentes. El 21 de diciembre, cuando la Tierra alcanza el equilibrio y comienza su guiñada solsticial, todos estamos invitados, los indígenas y los desplazados de nuestras tierras tradicionales, a encender un fuego sagrado y mantenerlo encendido durante todo el día. Una chimenea, una vela. En su llama, la luz del sol, con los dones de la Tierra y nuestro propio espíritu. Es el primer paso para conocer nuestra naturaleza y la del planeta, no como dos, sino como uno. Somos de la Tierra y tenemos todo lo que necesitamos para curarnos. La cura para COVID-19 está aquí. Somos nosotros.

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