
Hace unos días tuve la oportunidad de ver un panel grabado en la convención ITB Berlín 2026, titulado «Regenerative Mindset – A Battle of the Systems«, con tres voces que llevan años pensando en serio el futuro del turismo: Anna Pollock de Conscious Travel, David Leventhal de Playa Viva y Susanna Becken de la Griffith University en Australia. Lo que escuché me dejó con preguntas incómodas —del tipo bueno— y quiero compartir las ideas que más me resonaron.
La sostenibilidad ya no alcanza
Durante años, la industria turística ha adoptado la sostenibilidad como su gran bandera. Reducir emisiones, compensar huellas de carbono, certificarse. Y sin embargo, los ecosistemas siguen degradándose, las comunidades anfitrionas siguen siendo secundarias en la ecuación, y el modelo de fondo no ha cambiado.
Anna Pollock lo dice sin rodeos: el turismo regenerativo no es «sostenibilidad con esteroides». No es una evolución del mismo camino, sino un cambio de dirección. La diferencia es filosófica antes de ser práctica: la sostenibilidad busca dañar menos; la regeneración busca devolver vida.
De la minería a la agricultura
La analogía que usa David Leventhal es de esas que no se olvidan fácil: el turismo convencional funciona como la minería. Llega, extrae valor —de los paisajes, las culturas, las comunidades— y sigue adelante. El turismo regenerativo, en cambio, debería funcionar como la agricultura: crear condiciones para que la vida prospere por sí misma, temporada tras temporada.
Esa imagen me hizo pensar en cuántas decisiones cotidianas de nuestra industria siguen siendo, en el fondo, extractivas. No por maldad, sino porque ese es el sistema en el que aprendimos a operar.
El cambio más difícil no es técnico
Lo que más me impactó del panel es que ninguno de los tres habló principalmente de tecnología ni de regulaciones. El cambio más urgente, coinciden, es de mentalidad.
Susanna Becken lo resume con una imagen poderosa: necesitamos la cabeza, las manos y el corazón. Los datos solos no transforman comportamientos. El conocimiento sin emoción ni compromiso personal se queda en el papel. La verdadera alfabetización regenerativa requiere las tres dimensiones.
Y Anna Pollock añade algo que parece simple pero lo cambia todo: hay que aprender a pensar en totalidades. Un hotelero no puede solo pensar en su edificio. Tiene que preguntarse cómo se conecta con los agricultores de su región, con el ciclo del agua de su comunidad, con el tejido cultural que hace que ese lugar sea ese lugar y no cualquier otro.
Cuando los hijos regresan al pueblo
David Leventhal comparte la experiencia de Playa Viva, en México, como un caso concreto. Allí, antiguos cazadores furtivos de tortugas se convirtieron en sus principales protectores, con mejores ingresos y, sobre todo, con un sentido renovado de propósito. Y el indicador más elocuente de éxito no fue ninguna métrica: fue cuando los ancianos de la comunidad dijeron que sus hijos estaban regresando, porque veían un futuro allí.
¿Cuándo fue la última vez que una estrategia turística produjo ese resultado?
Una advertencia sobre las etiquetas
El panel también fue honesto sobre los riesgos. «Regenerativo» puede convertirse en la próxima palabra de moda, en un nuevo sello vacío de contenido. Los tres panelistas son cautelosos con las certificaciones globales, porque la regeneración es, por definición, local. No existe una fórmula universal. Lo que regenera un ecosistema costero en Oaxaca no funciona igual en los Alpes o en el Sudeste Asiático.
Eso no significa que no haya principios comunes. Significa que hay que resistir la tentación de estandarizar lo que es, esencialmente, una relación viva entre un lugar y su gente.
La pregunta que me llevo
Al final del panel, uno de los panelistas lanza una pregunta que me parece el mejor punto de partida para cualquiera que trabaje en turismo: ¿Cómo tu presencia en este lugar ayuda a que todo el hábitat florezca?
No es una pregunta fácil. Pero quizás es la pregunta correcta.